Siempre fue la geopolítica.

“work with others wherever we can, and work autonomously wherever we must.” La frase de Sabine Weyand y viene a definir la posición europea en un mundo de importancia geopolítica al alza.

Europa montó su propio mercado en los tiempos en que la geopolítica a este lado del telón apostaba por la economía como forma de defensa ante las ideas del adversario comunista. Siempre fue la geopolítica.

La receta europea del gran mercado estaba alineada con el contexto y funcionaba. Pasaron los años y los visionarios de la foreign policy advertían de la importancia de avanzar hacia el desarrollo de una política común europea. El intento fracasó cuando Francia – posiblemente y en parte para evitar que fueran los británicos quienes se la cargaran- voto No a la constitución europea en 2005.

En 2008 llegó la crisis de Wall Street y cuando mal que bien se logró disipar esa tormenta nos encontramos con que el mundo ya no era un solo bloque. Los rezagados disponían de nuevas recetas que estaban dispuestas a ocupar áreas de influencia más allá de las que el status quo podía tolerar sin inquietarse. No era una región económica más la que se sumaba a la fiesta, era un nuevo sistema de ideas y estas, las ideas, son las que conforman bloques.

Y las ideas son terreno de la política, que inunda de contenidos a partidos, marcas e individuos. Pero en el caso europeo no hay vasos que inundar, no están habilitados los espacios para que estas se procesen, lo que conduce a Bruselas a una peligrosa irrelevancia.

Gran Bretaña que entre el acierto y la suerte suele arreglárselas bien en los episodios de la historia se bajó del carro. Estados Unidos basculó de lo trasnochado a lo posibilista y un día se llamarón los dos presidentes para quedar. También avisarían a su colega australiano.

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