La España de los relatos

El otro día me sorprendí escuchando una noticia en que unos chavales cantaban algo así como «Madrid será el fin de los rentistas». A las pocas horas se montó la que se ha montado en Puerta del Sol. El 2º 15-m. A ver qué es de él.

Del primero recuerdo la soflama del «no hay pan para tanto chorizo». Era ocurrente, sin duda. Algunos de los líderes del primer 15-m han llegado a ocupar posiciones de poder, pero chorizos ha seguido habiendo. Ahora hay instancias que lo están combatiendo, también veremos hasta dónde se puede llegar.

Me gusta especialmente el nuevo cántico. «Madrid será el fin de los rentistas» da un paso más. Se centra en el pan, no en el chorizo. La crítica al rentismo es una crítica totalmente procedente a una sociedad conservadora que se centra en preservar la propiedad sin aspirar a ningún tipo de desarrollo. Eso que nos aleja del espíritu anglosajón y que se suele conectar con la idea de La ética protestante y el espíritu del capitalismo. Se abre la veda para críticas del tipo «qué ventajista y grueso es hablar en términos de protestantes-productivos y católicos-regalaos». Pero para avanzar en el cuento, me vale.

El rentismo es la distancia entre el capital y el ingenio. Los que no niegan la nación española dicen que es la más antigua, o algo así. Esa distancia la puedes medir aquí en años, entonces.

En España el prestigio no lo da el éxito profesional. Lo da el contrato. Y en España lo que nos gusta es un buen relato. Jugar al relato es lo popular y la verdadera medida del talento. En España somos unos artistas.

Jugar al relato te permite perjudicar a ese que te cae mal de la oficina diciendo, simplemente, que es un trepa. Habrá mucha gente que lo creerá y los que no lo crean, sabrán que has arrastrado y se sumarán a la baza. He trabajado en empresas de la llamada economía del conocimiento en que se jugaba muy bien a eso de los relatos. En esa liga también había grandes rivalidades, que cruzaban la península de punta a punta, y que llegaban a acomplejar a los unos de los otros y a los otros de los unos, en función del ámbito del juego. Pero los que conocían que era solo eso, relato, sabían no tomárselo en serio y entretenerse con los motivados papistas, entre baza y baza.

Pero parece que esos entretenimientos no acaban de mejorar la productividad ni incentivar el ingenio. Tampoco incentivan la implicación y el gusto por el trabajo bien hecho. La competencia es una forma de mala educación, a no ser que sea a través de los relatos. Ahí sí se compite: por ampliar la parroquia.

Y sobre todo, hay que estarle agradecido al panadero.

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