El crecimiento económico está directamente relacionado con ciertas variables competitivas que inciden en el posicionamiento del tejido productivo en los mercados tanto internos como externos. Entre estas variables identificamos factores de la estructura productiva (en los que nos centraremos) y otros propios de la política monetaria que aplican a tasas de cambio o interés y que en función de la región solo pueden ser manipulados en niveles de administración supraregional.
La capacidad de generación de ventajas relativas vinculadas netamente con la capacidad productiva son dos: la ventaja vía precios y la especialización productiva. En la primera de las estrategias los costes laborales e índices de productividad se suman para conseguir producir más barato. La segunda pasa por la especialización en sectores bajos en elasticidad precio (de alto valor añadido) como opción competitiva basada en los aspectos cualitativos percibidos por los consumidores que identifican esos bienes como mejores en una variedad de dimensiones (marketing, tecnología, innovación..) a los que pueden obtener en otros mercados.
La competitividad vía precios es característica de sectores de menor valor añadido y encuentra su contexto en economías en desarrollo que soportan menos costes laborales lo que las hace productivas de manera, podríamos decir, estructural. Una característica de la competitividad en factor precio es que tiene la propiedad de irse erosionando en paralelo al crecimiento que genera a través del aumento de costes inherente. La misma salud institucional que favorece el upgrade orgánico de costes (salarios, precios de insumos) debe procurar, a la vez, la mejora de la formación del capital humano y creación de estructuras sistémicas de innovación para favorecer el salto cualitativo en el cambio de modelo productivo necesario para el mantenimiento y mejora de ventajas no basadas en factor precio.
La productividad como capacidad de creación de valor con el menor uso de recursos posible es una dimensión que actúa en ambas estrategias como elemento diferencial respecto a regiones de similares estructuras y capacidades.
De esta manera las economías que han culminado con éxito su integración en los mercados internacionales explotando sus ventajas iniciales basadas en precio pueden (o deberían poder) bascular hacia esa otra diferenciación basada en la especialización productiva en un esquema de evolución que se ha convertido en patrón en muchas economías.