Las constantes de la gobernanza.

Hay ciertas constantes que se dan siempre y que trabajan desde abajo, a veces de una manera nada evidente, tapadas por otras más coyunturales, dándole por lo general un sentido a las cosas, una dirección.

En alguna lectura últimamente me he cruzado con algunas ideas que me parece cumplen esa función fundamental. La idea de que el mercado único es la preferencia de los vencedores es una de ellas. En los últimos años hemos visto como el estado tradicionalmente impulsor de la integración de mercados ha flirteado en alguna fase durante la administración Trump con posiciones de repliegue ante la emergencia de un player descontrolado. La inevitable y lejana China aparece ahora como principal defensor de las políticas aperturistas comerciales (desde su no apertura política) con unos valores que se nos presentan remotos pero que tienen toda la intención de aproximarse, con una Rusia jugando entre líneas y ayudando a atomizar los centros de poder.

La posición europea en la globalización liderada por América no tuvo contestación alguna mientras uno fue el bloque y único el modelo. En el nuevo escenario «el viejo continente» se debate en cuál debe ser su posición en el nuevo panorama geopolítico mientras Biden intenta recuperar las riendas del liderazgo del mercado internacional asegurándose de que Europa siga mirando al atlántico.

Y es que ciertos problemas económicos estructurales y la capacidad de capilaridad de las inversiones y cadenas de suministro asiáticas tienden a seducir a un número creciente de países de segunda línea europea amenazando el mantenimiento de las alianzas en los términos deseados desde el Washington de Biden. En el actual marco de complejidad, los países integrantes de la UE pueden evolucionar hacia posiciones «autonomistas» (léase brexit como caso más notorio, más relacionado con la recuperación soberana que con cambios en la política comercial, eso sí) o aproximarse a un modelo de globalización más conectado con el asiático atraídos por su potencial financiero, opción no descartable viendo alguna de sus victorias en la construcción de su proyecto de la nueva ruta de la seda. La lucha por la hegemonía comercial es un pulso entre Pekín y Washington con un Moscú atento a la jugada y una Europa que bastante tiene con entenderse a sí misma.

Los criterios de seguridad son la otra constante en el ordenamiento geoestratégico de los elementos. La variable económico-comercial es el principal vector en la toma de posiciones siempre y cuando no existan condiciones en que la seguridad de las regiones tenga un impacto real en los posicionamientos políticos. La paradoja nuclear por la que su mera existencia consiguió desbancar la amenaza bélica del orden de prioridades dio paso a los años dorados del comercio internacional.

En nuestros días, amenazada la hegemonía comercial estadounidense, el concepto de seguridad se puede situar encima de la mesa de nuevo, matizada por el techo de cristal nuclear y avivada por la existencia de diferencias ideológicas fundamentales que pueden actuar de coartada o acicate -según enfoques- para la anulación del incomodo competidor internacional.

Pese a su potencial comercial y militar parece difícil que la emergencia asiática ponga en jaque un sistema de valores que ha unido a Europa y norteamérica históricamente, ahora bien, vueltas da la vida y ya sabemos que lo inverosímil lo es solo en apariencia, por lo que no está de más mantener cierto nivel de alerta en las posiciones estratégicas europeas que, entre lo acertadas y lo relevantes, deben ser capaces de influir en la conformación del nuevo orden internacional.

La seguridad y el liderazgo son las dos caras de una misma moneda, el tema está en cual será su divisa al final del día y qué derivadas tendrá en la conformación del mapa geopolítico.

Rubén Ortiz

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