La sucursal europea

Desde que proclama su independencia de la República Soviética hasta hoy, Ucrania ha estado oscilando a merced de dos fuerzas gravitacionales muy pesadas: Europa y sus alianzas occidentales y la potencia militar e históricamente vinculada Rusa.

Presidentes títeres prorusos se han alternado con gobiernos que miraban a un occidente que correspondía en la medida de unos posibles que venían dados por la propia conveniencia. Europa firmaba convenio de librecomercio y exenciones de visado en 2017, pero Biden era el interlocutor para dar cobertura a las necesidades de seguridad. El FMI también participa, en 2020, para amortiguar los efectos de la pandemia, pero ni unos ni otros consiguen alejar Ucrania de la influencia Rusa que finalmente y, llegados estos días, da un golpe en la mesa haciendo una demostración de poder con la eterna promesa que nunca llegó a ser de la OTAN, a las mismas puertas de Europa. El encimado occidental se detiene y Rusia recupera terreno para las alternativas orientales.

El modelo Europeo de integración de mercados era la propuesta de inicio para desconectar Ucrania de Rusia pero Biden en última instancia no ha visto alicientes para subir la apuesta de Putin, entregando la mano al Kremlin que se lleva la baza, un país y sus vidas. Putin subirá enteros en las correlaciones internacionales y presumiblemente se seguirá revolviendo para buscar la manera de seguir siendo relevante ante unas perspectivas económicas que no le favorecen a medio y largo plazo, aunque no parece el tipo de persona que se preocupe por esos menesteres ni tenga las capacidades para revertirlo.

Tamaño personaje lleva a plantearnos si es interesante seguir siendo una sucursal jurídico/económica dentro de la confederación de países de la OTAN respecto a la alternativa de disponer de mecanismos de política internacional. Con los retos que se intuyen a futuro parece razonable sentarse a diseñar una capacidad de influencia efectiva donde un comienzo podría ser replantear los mecanismos y engranajes internos en las tomas de decisión que superen la parálisis evidenciada, aunque preparémonos para que no sea gratis en términos de soberanía. Son tiempos para la política de bloque grande.

Este punto determina el verdadero elemento de dificultad de la política comunitaria. Europa deberá renunciar a los focos en clave nacional para dotarse de una capa de inteligencia para la defensa de todos esos ámbitos que trascienden las capacidades de los agentes económicos que en las últimas décadas han sido relativamente eficaces en términos de creación de riqueza y estado de bienestar pero que por sí solos hoy no son suficiente. No era el fin de la historia, lo que hoy enfrentamos es una manera de organización política democráticamente pobre pero que sabe jugar en los nuevos términos que están conformando el nuevo sistema económico, y Putin no es la mayor amenaza en ese sentido.

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