La OTAN

Aún hay pintadas de OTAN NO que aguantan descoloridas en paredes desconchadas como nuevos toros de Osborne proyectados en negativo, urbanas y honestas. Nos conectan con esa España que daba los primeros pasos post-Franco y nos hablan de raíces ideológicas.

Con todos los focos centrados en Ucrania, el tratado del atlántico norte vuelve a estar en la conversación de aquellos que siempre se han tomado en serio la política y la articulación del poder. La crítica llega desde posiciones que recuerdan que eso implica desviar la atención del verdadero problema y, en último término, participar de los objetivos de este.


Esta guerra nos concierne porqué está ocasionada por nuestra cultura política. Por eso inunda nuestros timelines, porqué es especialmente nuestra. Y significa la oportunidad de la conquista de la globalización por parte de la opinión pública, su empoderamiento para determinar liderazgos y decisiones estratégicas en la correlación de culturas políticas en consolidación.

La OTAN nació en una contienda del bando de una democracia liberal que integra visiones y elementos constructivos de los movimientos socialistas del siglo XX. La visión socialdemócrata se debe incorporar al debate sin complejos en un nuevo panorama en que no se trata de luchar por hegemonías sino por esferas de influencia, reseteándose convenientemente de debates propios de batallas ya agotadas. Es esta la manera de ensanchar el espacio democrático liberal para evitar que capilarice el descontento que es el primer estadio de un autoritarismo vírico.

Todo apunta a error estratégico con resultado de asistencia impotente a una invasión perpetrada por un líder autoritario con dejes imperialistas. El esgrimido de argumentos basados en una hipotética excesividad expansionista debería ser debatido idealmente en proporciones simétricas Bruselas-Washington. Por ahora, en las mesas de negociación del conflicto, el atlántico norte debería responder por el rehén.

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