Coleccionar 0 y 1s.

El otro día escribíamos sobre los NFTs y la llegada del concepto de coleccionismo digital a través de la certificación de los archivos. En ese artículo, sin más intención que servir de punto de partida al texto, hablábamos de características propias del paso del tiempo como una arruga en la caratula de un disco o una muesca en una de sus caras como elementos definitorios del atractivo de lo físico sobre lo no fungible para armar una colección. El defecto como prueba de existencia material, exposición al espacio y permanencia en el tiempo, convertido en virtud.

Es una aproximación simplista. Es verdad que el paso del tiempo y sus implicaciones físicas pueden forjar vínculos emocionales en la relación objeto-persona (a los románticos les pasan cosas así) pero si los defectos del tiempo son heredados ya no nos parecen tan interesantes. Cuando alguien compra cualquier objeto de colección lo quiere con los menos desperfectos posibles, desperfectos que si los hay se acaban reflejando en el precio de la pieza.

Entonces, ¿Qué diferencia hay con la obra física para que nos cueste tanto aceptar la idea de que las obras digitales se puedan coleccionar? Quizás lo que coleccionamos sea precisamente eso, objetos físicos, no representaciones. Objetos que ocupen un espacio, que tengan un peso y un olor determinados. Que jueguen un papel por sí mismos en el entorno, sumando sutilmente en las estanterías del piso del coleccionista o asumiendo todo el protagonismo que le otorga el marco del cuadro al espacio que delimita. Un archivo digital no es objeto porqué precisa de algún terminal que lo renderice, lo descodifique, y lo muestre. Como máximo es un objeto dentro de un objeto. Podríamos coleccionar ordenadores o móviles pero las colecciones de archivos digitales solo son colecciones en el mundo finito y acotado del objeto que les da sentido.

Rubén Ortiz

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